El invierno me resulta cada vez más aburrido. El frío y la lluvia hacen que todo pase como a cámara lenta bajo las luces eléctricas de nuestras confortables cajitas apiladas. Bien es cierto que este año el invierno ha sido más seco y templado que de costumbre, pero lo días cortos y un sol que se resiste a quemarme la piel me dejan un regustín desagradable. Deberíamos tener de serie un billete de ryanair en el hipotálamo, como los pájaros, y largarnos pitando a tierras más cálidas en cuanto el termómetro empieza a marcar por debajo de los quince grados. No puede ser, una lástima. No obstante, el invierno, cada año, como disculpándose, me hace uno de mis regalos preferidos, la promesa de la primavera. Siempre es igual. Suelo andar buceando en mis pensamientos mientras camino por la calle, cuando de pronto, me sorprende el primer verdor en las ramas de un árbol desnudo. Olvido todo, el invierno, el frío, el aburrimiento y soy inmensamente feliz, durante diez minutos. Este es el árbol que me ha dado la buena noticia este año.

Insensato, pensé tras la emocón inicial, vendrá la primera helada y se quemarán todos tus brotes. Espero que resista, le estoy muy agradecida.

Insensato, pensé tras la emocón inicial, vendrá la primera helada y se quemarán todos tus brotes. Espero que resista, le estoy muy agradecida.
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