sábado, 3 de noviembre de 2007

Donde la Iglesia es

Esta mañana, después de mucho tiempo y aprovechando unas pocas horas de soledad, me he acercado a mi monasterio favorito. La hermana encargada de la puerta, una monja a quien no conocía, me ha recibido sonriente.

- Hermana, querría pasar la mañana rezando.
- Esta es tu casa, toma la llave. ¿Tu nombre?
- Maria, solía venir hace años.

En realidad han pasado poco más de cinco años desde que dejé de ir por allí con cierta frecuencia, pero hoy en la liturgia de las horas, cuando todas las hermanas han salido a la capilla a rezar, me he dado cuenta de que han envejecido. Ni una sola cara nueva, ni una sola cara joven. Me ha entristecido pensar que quizás dentro de unos pocos años no habrá ninguna monja sonriente que me dé las llaves de su casa sin hacer preguntas.

La Iglesia, el sacerdocio, la vida monástica, no están de moda. Sin embargo he visto pocas cosas más hermosas que la sonrisa perenne de la hermana Teresa cuando nos recibía en el monasterio.

Lo mejor de la Iglesia que yo he conocido, no hace mucho ruido, no sale en prensa, ni suele ser la comidilla del barrio, pero es deslumbrante. Está Conchi, que con veintitrés primaveras y risa incontenible se lió el petate y se marchó a un barrio chino a prodigar abrazos y asistencia social a las prostitutas, a quienes tanto se "respeta" y tan poco se ama. Está Javier, un sabio franciscano tan decididamente pobre que lo peor que le puedes hacer es un regalo, u otro Javier, mi párroco, que como si no tuviera bastante con las clases del seminario y llevar él solito una parroquia de tropecientos fieles, aún saca tiempo para visitar a Carmen una vez por semana, porque Carmen, a quien no conocía, se está muriendo.

También está Teresa, una laica invencible, que de tanto darse, le falta agenda, o Julia, una superiora intensa que dice tajante que la Iglesia se equivoca con los homosexuales, como si ella no fuera lo mejor de esa Iglesia. Están, finalmente, otros tantos cientos que decidieron que dar es mejor que tener y dedican a ello sus mejores energías, aunque evidencien tantas veces su torpeza.

Esto es lo que yo he vivido, y de lo que nadie habla, y si no lo digo, reviento.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola mi amor. Pues yo te puedo dar algún ejemplo más a añadir a lo que dices:

* Nicolás Castellanos, Obispo de Palencia, agustino y que me confirmó. Al darse cuenta desde su vida acomodada de que para ayudar a los pobres hay que estar con ellos, dejó el Obispado y se fue de misionero al pueblo más pobre de Bolivia. Ya quisiéramos nosotros ser tan valientes...

* La hermana Guadalupe, alpinista de juventud en el Himalaya, culo inquieto que recorrió Sudamérica conociendo a sus gentes e ignorando a Dios en su camino. Al final llegó a Él sin buscarle, al conocer su Amor y también marchó de misionera a Sudamérica y África.

Es una pena que estos y otros muchos modelos sean ignorados en esta sociedad por el simple hecho de que son parte de la Iglesia.

Hoy los medios de comunicación nos meten hasta en la sopa a los famosos del cotilleo, a los miserables de los pólíticos, cantantes, futbolistas o cualquier otro vividor que nos quieran vender.

Así nos va. Es de vergüenza ajena...

Marce dijo...

Y sin embargo estaba ya escrito... no? como que se nos olvida. No sé si hoy en día sea distinto, o si más bien nosotros hayamos idealizado a esos santos de otros tiempos que sufrieron el ridículo, incomprensión, persecuciones... Tal vez la versión de eso en nuestra sociedad es ignorar el testimonio de estas personas, los medios que resaltan sólo los errores, etc.
Yo tengo otro:
Karol, un hombre que después de ser admirado mundialmente por sus discursos, por su carisma, por su energía, por su simpatía y sus cariñosos gestos, fue perdiendo todo eso poco a poco a los ojos de todos y no se avergonzó de su pobreza, de mostrarse débil, inválido, con tal de seguir llevando el amor de Cristo a los demás.