I
Serían las once, cuando me acerqué al Coliseo a echar un café, hacía semanas que no me pasaba por allí. Un café con leche, templada, por favor. El camarero me cae simpático. No habla apenas, pero siempre que pido un pincho me acerca un vaso de agua y me dice, toma, para que te ayude a tragar mejor.
Junto a mí, en la barra había un par de chicos pidiendo. Entre ellos, cosa rara en Pamplona, hablaban en euskera. Un café, y un pincho de tortilla, horko mahai hori ondo dirudit(1), ¿Cuanto es?. Cuando se fueron a su mesa, el camarero secaba enérgicamente un vaso, pues como me lo pidas en eusquera, me voy a enterar de algo. Normalmente me habría callado, pero no puede evitar el comentario, te lo ha pedido en castellano. Poco después, el chico volvió a pagar, el camarero parecía avergonzado.
II
Eran las últimas etapas. Tras pasar alguna pequeña crisis durante la primera semana, estabamos en forma. Los treinta kilómetros diarios que nos esperaban hasta llegar a Santiago serían poco más que un agradable paseo. Llevábamos casi un mes coincidiendo en los distintos albergues, y algunos de los que habían salido solos, habían hecho buenas migas y caminaban en grupo. Xabier, de Tolosa, era un chico majo, aunque un poco simple. No habíamos tratado mucho con él directamente y no sabía que le estaba entendiendo cuando hablaba con su madre por teléfono:
Ederto ama, oso ondo pasatzen ari naiz. Ezetz jakin zelako jendeaz nabilen? Albazetekoa, Madrilekoa, Galiziakoa, Bai ba, - con voz de asombro- ba oso jende maja dira!(2)
(1)Esa mesa me parece bien.
(2)Lo estoy pasando muy bien, mamá. ¿A que no sabes con qué gente ando? De Albacete, de Madrid, de Galicia, sí, sí. ¡Pues son muy majos!
