Hoy voy a divagar. Tengo el ánimo revuelto últimamente, así que me voy a permitir el lujo y la poca vergüenza de escribir lo que me salga. Voy a empezar por Egon Schiele y Jose Luis Sampedro. Universos sexuales, diría yo. Al primero me lo encuentro últimamente en todas las secciones de arte de las librerías que frecuento. Del segundo estoy leyendo "La vieja sirena". Amo a Egon Schiele. Sus dibujos me maravillaron hace cerca de diez años en una exposición en Barcelona. Emoción. Equilibrio entre sordidez y ternura. Sampedro me aburre. Toda la vitalidad de la que hace gala es un espejismo, una falacia.
Amén.Divaguemos.
El Génesis, y el abuso de la libertad,
o sus límites.
Eva acusa lo prohibido. No lo es.
Demasiados conceptos por encajar.
También está Oé, el abismo de la autodestrucción.
Fromm proclama: la libertad se llama amor, redentor
y manido.
Tiene más profetas que el propio Dios.
Transversal, interesante palabra.
Dios es amor, ya no. Sampedro lo dice,
pero Sampedro mentía.
La libertad se llama amor. Silogismo perfecto.
Pero Fromm no cree en Dios.
Amo a Egon Schiele,lo repito,
a Fromm,
a Dios.
Amo a Sampedro, aunque mienta.
No siempre.
Quizás es la respuesta. No siempre.
Pero volvamos a Egon Schiele.
Él lo sabe.
Ha de quedar un rinconcito para la tristeza.
Se llama compasión.
Pasíon. Compasión. Amor. Libertad. Dios
¡No lo nombres! ¡Está prohibido!
Vas a hacerme llorar.