Nunca sé muy bien por qué compro los libros. No suelo tener una idea fija, doy una vuelta por la librería y me los encuentro. Quizás me lo recomendó alguien meses atrás, o me suena el nombre del autor, o el título es sugerente. Lo que sí es cierto, es que casi nunca voy a una librería a comprar un libro en concreto. Tanto más cuando me doy un paseo por la Cuesta de Moyano. Las hojas amarillas, las ediciones pasadas de moda, los libros baratos, el aire apacible de los libreros, el sol y la sombra de los puestos, suelen ser aliciente suficiente para pasar un buen rato a media mañana.
En esas estábamos, era cerca de medio día y en poco más de una hora nos esperaban las croquetas de mi suegra. Me había prometido a mí misma no comprar ningún libro. No sé muy bien porqué, por diversión, imagino. Esas cosas siempre hacen reír a Juanjo.
Como podréis sospechar, incumplí mi promesa. Al fin y al cabo, un libro es, sin duda, lo más barato que existe. Siete euros por un sesudo ensayo sobre psicología social, una ganga. Ahí lo tenía, entre mis manos, con sus hojas amarillas, su edición pasada de moda “El miedo a la libertad” de Erich Fromm.
Mi forma especial de comprar libros, consigue que siempre me maraville cuando un libro inesperado resulta revelador. Siempre danzando en el límite entre lo casual y lo causal. Desde un primer momento, y en cada página, Erich Fromm pone nombre a alguna de mis mejores intuiciones, pero la verdad es que no se me dan bien los resúmenes, así que aquí os dejo un enlace.